domingo, 11 de mayo de 2014

Quien de joven no trota de viejo.......se asusta



Mi experiencia como mujer y psicoterapeuta me ha puesto en contacto con las vivencias de miedo de hombres y mujeres ante las nuevas situaciones que les toca vivir. Aludo a situaciones traumáticas como lo son el divorcio o la muerte de la pareja.
Según el período en el que suceden estos cambios, las reacciones a los mismos son muy diferentes.
Si el divorcio o la viudez sucede a los 30, 40 o 50 años, no es lo mismo que a los sesenta o más.
Pareciera que alrededor de los 60 años algo diferente sucede. En realidad, no solo es la edad la que influye en el modo de asumir ciertos acontecimientos, sino la sedimentación de vivencias anteriores por las que se atravesó. La cantidad de roles y responsabilidades asumidas a lo largo de la vida representan un entrenamiento importante en la resolución y tramitación de ciertas problemáticas que se presentan en cada uno de nosotros en el transcurrir de los años.
Personalmente no creo en eso de que “lo que no te mata te fortalece”. A mi modo de ver, lo que no te mata te debilita. Creo que aquello que te golpea fuerte te puede brindar elementos de reflexión y de menor sorpresa para enfrentar algunas cosas, pero que nos cansa, es cierto, nos cansa y..... mucho.
Las personas que han tenido una vida muy lineal, si se encuentran a los 60 o 70 años con un cambio radical, como es encontrarse sin su pareja, después de haber transitado la vida en compañía, cada uno ejecutando un rol, creo que se encuentran más desconcertados y desvalidos que aquellos que se han enfrentado de mas jóvenes con estas circunstancias de alto impacto.
Cuando los usos y costumbres que tenían se ven alterados, se genera una gran conmoción en las personas. Se mezclan sentimientos. Pueden aparecer simultáneamente dolor, rabia, desconcierto, tristeza. La lectura de la realidad se disloca, aparecen dudas con respecto a casi todo, sin la consciencia de por qué sucede lo que sucede en nuestra interioridad.
El hecho de vivir en pareja disimula las inconsistencias propias y ajenas. Si la mujer no sabe prender el calefón lo hace su marido, si un hijo viene con un problema lo baraja la madre. Estos dos son solo ejemplos, a fin de poder explicitar mejor lo que quiero decir. Ya que no intento con esto idealizar las situaciones de matrimonio. Cuando acontece una desaparición, por el motivo que fuere, de uno de los miembros de una pareja, el que queda, queda con el vacío real del que no está, más las inconsistencias propias, en las que probablemente no reparó.
Pero no desesperéis, porque si bien creo que lo que he expuesto hasta acá es cierto utilizaré otra frase más alentadora: nunca es tarde “cuando la libertad es buena” (como verán, la cambié un poquito). Con esto quiero decir que “se puede” revertir el concepto del encabezamiento de esta reflexión diciendo: Quien de joven no trota, de viejo… tiene miedo, pero galopa. ¿Han visto a alguien que tras años de no hacer ejercicio, de nunca haber trotado, no le duela todo al galopar? Quiero aclarar que esto que escribo alude a “todos y todas”, no se me ofendan mis compañeras de género.
Es así lo que les sucede a las personas que de mayores, se animan a insertarse en un mundo desconocido para ellos, de nuevas relaciones con hombres y mujeres, salidas seductoras o frustrantes, contacto con los hijos personales, no filtrados por los que nos acompañaban, la mamá o el papá de esos hijos. Que a su vez muchas veces eran generadores de conflictos.


He aquí que no hay edad para animarse a vivir las asignaturas pendientes. Hecho esperanzador y generador de expectativas. Por otra parte no nos engañemos, este ejercicio de salir, gustar, conocer gente también era un desafío movilizante en la juventud y provocaba miedo. Si me permiten un consejo reestructuraré el encabezamiento: Quien de joven no trota, de viejo ¡¡¡vaya al paso!!!, si puede.

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